Galería de Arte Juan Manuel Lumbreras

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Manolo Valdés

Inauguración Galería

Espejos de la memoria

Señalaba E. M. Cioran en su Breviario de podredumbre que nuestras verdades no valen más que las de nuestros antepasados; que, tras haber sustituido sus mitos y sus símbolos por conceptos, nos creemos más “avanzados”, pero que esos mitos y esos símbolos por sí solos no expresan menos que nuestros conceptos, ya que el Saber, en los que tienen de profundo y esencial, no cambia nunca: sólo su decorado varía; y, así, la guerra continúa sin Marte y el amor sin Venus, aunque no por ello estos acontecimientos sean más explicables o menos desconcertantes ahora que hace dos mil años. Las pautas de la vida humana no varían lo más mínimo por el hecho de que las explicaciones con que pretendemos entenderlas sean de raíz mitológica, legendaria, poética o presuntamente racionalista. En cuestiones esenciales los seres humanos de todas las épocas de la historia han sabido todo lo necesario, dotándose de interpretaciones adecuadamente satisfactorias a cada momento para cualesquiera fenómenos. La filosofía moderna no añade nada a la filosofía griega o a la hindú. En lo básico, no existen problemas nuevos, aunque nosotros, de modo presuntuoso, creamos descubrirlos constantemente. Es nuestra fascinación por la Innovación, por lo Insólito, lo que nos hace creer que existe un progreso, pero Cioran nos advierte que, si queremos conservar hoy cierta decencia intelectual, el entusiasmo por la civilización debe ser barrido, lo mismo que la superstición por la Historia.

Manolo Valdés en otra época –pocos años en lo cronológico, pero hace muchísimo tiempo en sentido ideológico– escrutó y explicó plásticamente unas circunstancias que, por urgentes, dieron como resultado una iconografía adosada a lo inmediato en la que solo la ironía y la poesía posibilitaban un acercamiento a ideas trascendentes presentadas con ropajes “pop”.

Hoy, cuestionada la idea de progreso constante y aparcada las ideologías políticas universalizadoras, Manolo Valdés hace valer sus gustos personales y desvía parte de su mirada al Renacimiento, hacia el momento en que, precisamente, se fraguó la idea de que era posible la mejora constante y creciente –sobre todo en lo material y, mecánicamente, como consecuencia de ello, también en lo espiritual–, junto a la suposición de que todos los seres humanos –lo supieran o lo ignoraran, europeos o nativos de las antípodas– anhelaban el mismo tipo de vida. Y de la pintura de aquel momento surge su pintura de hoy.

Así, Manolo Valdés, “pretextando” a Van der Weyden o a Botticelli, retrata personajes que, al contrario de los realizados por los viejos maestros contemplados en museos, se muestran indefinidos, borrosos, complejos y construidos con muchas y diferentes experiencias y texturas. Los retratados, carentes de la nitidez y la seguridad en sí mismos que les caracterizaban hace cinco siglos, hoy son pintados-comentados desde el otro lado de la lente enajenadora que ellos mismos manufacturaron con la ayuda de la Ciencia que creyeron acumulable en bibliotecas repletas de tomos. Como esas estanterías y libros de madera en las que se alude a un tipo de conocimiento de hoy, sin embargo, se analiza como hermético y cosificador, estático y fosilizado. Frente a la indeterminación de fisionomías en los retratos y de contenidos en las bibliotecas, como síntoma de una cierta desconfianza hacia aquellas formas de ser y de pensar, Valdés encuentra la seguridad de objetos claros y rotundos que traslada a bodegones (un racimo de plátanos, varios limones, una pecera, un zapato, una cafetera…) en los que, con todo, puede no estar ausente el azar que se esconde tras la carta de una baraja o el misterio de una silueta femenina.

Javier González de Durana

Fecha: Oct - Oct 1995

Obras

Vistas exposición