Julia Hidalgo
Pintura
LA MISTERIOSA EVOCACIÓN DE JULIA HIDALGO
Llueve y he subido a la sierra para ver los últimos cuadros de Julia Hidalgo. Antes de llegar a «Las Mestas», desde «La Arruzafa», bajo la palmera que alentó la nostalgia de Abderramán, «El Inmigrado», he vuelto la vista hacia Córdoba, que se despereza lenta, especialmente lenta, en la mañana gris de este domingo del ocaso de enero.
Arrecia la lluvia y corre el agua, al fin, y se rezuma por todos los cortados. El arrayán desborda con sus brotes más tiernos la estricta geometría de los cuidados setos y encienden de esmeralda su fronda los naranjos -¡Tenían tanta sed!- La sierra está pletórica y sus regatos de plata se me antojan, como a Ibn Zaydun, collares desprendidos de las gargantas de nácar del serrayo.
Abajo, la ciudad se desdibuja tras la cortina líquida y su ocasional evanescencia me invita a tratar de imaginar el pasado esplendor del bello manto oriental que tejieron los Omeya en Occidente. Pero, ¿quién me dará noticia de aquella hermosura…? Ya lo dijo Ibn Suhaid: No preguntes a nadie que no sea la dispersión.
He llegado al estudio de Julia Hidalgo absorto en estos pensamientos y con la desazón de la impotencia. La artista agrede con la lija una de sus pinturas, como si también buscara la belleza tras el rastro polvoriento de la dispersión de su trabajo previo. Ahí está el cuadro que quiere pintar; lo sabe. Pero también sabe que no ha de revelársele sin esfuerzo. Por ello, pundonorosa, no rehuye el darle a sus obras toda la «cocina» que requieren. Su reto de cada día es componer, empastar, dibujar, distorsionar, pulir, velar, retocar, patinar… Tejer y destejer la realidad, en definitiva, para que ésta, tras pasar por el tamiz de su exquisita sensibilidad, pierda la transparencia de lo cotidiano y se nos brinde con el atractivo de lo singular, que, en este caso y por añadidura, está presidido por la armonía y tiene un toque de misterio que se me antoja -quizá porque vengo predispuesto- extraordinariamente evocador.
Julia me va mostrando sus cuadros y en ellos se sosiega mi inquietud. Veo en las arquitecturas la perfección que tuvieron por cordaje los pabellones de la antigua capital de Al-Andalus, aquellos que jamás pudo tocar la mano del defecto; y, tras las puertas, se insinúan los patios agarenos de Córdoba, paraísos cerrados que tapizó el jacinto y recamó el nenúfar, como el lunar que enjoya la piel de una muchacha. Sólo el rumor del agua quiebra el silencio tras el excelso muro. La luna se mira en las albercas y lozanea una gacela entre los mirtos.
Desfilan ante mí el torero, la bailaora, el tiesto, el bodegón escueto… Todos ellos, con absoluta dignidad, tal como corresponde a esta tierra nuestra, tan mal comprendida y zarandeada secularmente por artistas cegatos, que se empeñaron en revestirla de percalinas para un esperpéntico carnaval folklórico, ajeno por completo a la realidad andaluza.
Me cuenta Julia que va a exponer estos cuadros en «A’G ARTE GESTION» de Bilbao y le auguro el éxito, porque, ya en el otoño de 1919 los bilbaínos dieron muestras de su proclividad a dejarse seducir por lo auténticamente cordobés. Fue entonces nuestro embajador el pintor más grande que ha dado esta ciudad en los dos últimos siglos: Julio Romero de Torres, cuyo mayor mérito -muy por encima, a mi sentir, de su relevante aportación al simbolimo pictórico español- fue el de llenar sus telas del alma de Córdoba. Ya lo ha dicho Pablo García Baena:
La pintura era «fauves», era Kandinsky, era Giorgio de Chirico. Pero él era sólo su ciudad y le bastaba verdecer en las cales Juderías a Leonardo.
Colgó Julio aquella exposición en el «Majestic-Hall». Las estrellas de la misma fueron, sin duda, «Carceleras» y «La saeta», obras que despertaron un inusitado eco elogioso en las páginas de «La Gaceta del Norte», «El Pueblo Vasco», «El Nervión», «Euzkadi» y «El Liberal». De este clamor de la prensa y de la común admiración del público que abarrotaba la sala a diario, se derivó un cálido homenaje en la «Sociedad Bilbaína», del que nuestro pintor guardó un recuerdo entrañable hasta su muerte.
Estoy seguro de que, en esta ocasión, los nietos de aquellos devotos del arte cordobés tampoco tendrán dificultades para descubrir el alma de Córdoba tras la sugerente epidermis de los cuadros de Julia Hidalgo -valor incuestionable de la pintura cordobesa de nuestro tiempo- y habrán de rendirse ante su quehacer concienzudo y honesto.
Ángel Aroca Lara.
Notas de prensa:
«Julia Hidalgo desde el encuadre geométrico de una querencia islámica a la retórica andaluza que hace de la situación expresiones y hacer de su pintura un hecho querencial; la función creativa que se geta en parámetros de cultura y hace que el proyecto sea pelea entre inteligencia y elementos; pensamiento que busca equivalencia para ser en la visión, y destreza que intenta llevar a la superficie ese algo íntimo que abre particularidades para que la sustancia se revele y alumbre cúmulos de calidades.
Y ahora vuelve a la capital vizcaína con una muestra de categoría, en la Galería Torres, que presenta una selección de obra más reciente, pintura de impresión que se impregna de humanidad».
El Punto de las Artes, 29 de marzo de 1996.
«Hemos recibido el catálogo de la exposición que Julia Hidalgo ha estado mostrando en la galería Torres de Bilbao y no podemos por menos que dedicarle unas líneas porque su obra pictórica nos parece espléndida. En sus cuadros hay algo mágico e imperecedero que nos habla de su Córdoba natal, a través de arquitecturas árabes con toda su tradición y de esas figuras con mantillas, toreros, etc.».
Noticias y concursos, marzo de 1996.
Fecha: 21 Mar - 3 Abr 1996








