Galería de Arte Juan Manuel Lumbreras

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Antonio Gómez (Espacio 1)

Desde mi ventana

Nos parece necesario –y desde luego, es oportuno– recordar en estas líneas dedicadas a la tercera exposición individual de Antonio Gómez, a quien fue además de su amigo el principal cronista y valedor de su obra, y a la sazón compañero nuestro en El Punto, el crítico José Ramón Danvila. En cierto modo, no es posible entender la trayectoria de nuestro artista sin hablar de quien le acompañó desde el momento mismo en que retomó los pinceles tras largos años de –relativa– inactividad, incluyéndole de inmediato en proyectos de envergadura y, sobre todo, creyendo en él y demostrando antes que nadie que era sensible a las cualidades de su pintura. Se dirá, no sin razón, que la obra de Antonio Gómez se impone por sí misma y no está necesitada de favores: es, como pocas, rotunda y sincera, sin dejar de ser sutil muestra a las claras lo que quiere ser, habla con voz firme de su cuerpo mientras quedamente susurra esos versos de los que sólo el artista sabe. Pero la pintura no es más que de quien la ama, y fue Danvila quien dio a conocer la obra de nuestro pintor y apostó por ella en todo momento. […]

Danvila, como no podía ser de otro modo, prologó el catalogo de la primera exposición individual de Antonio Gómez, que se celebró en la desaparecida galería Biosca de Madrid en 1993. Su titulo es “La experiencia de la luz” y se inicia así: “De entre todas las cosas que rodean al hombre y forman parte de las absolutas necesidades del mundo, la más antigua por su formación y la más esencial para el funcionamiento de la vida y para el uso de las actividades humanas es la luz”. Se refería sin duda Danvila al genesiaco relato de la Creación de la luz tanto como al ver la luz del recién nacido, mas cuando pensaba en ella como el motor de la vida acaso su buen talante –del que nosotros, desafortunadamente, carecemos– le impedía ver de qué modo hemos utilizado, siglo tras siglo, esta absoluta necesidad de luz que siente todo ser vivo para hechizar a nuestros semejantes: no concebía al a ser humano fatalmente atraído, como un insecto, sin él saberlo, por la mágica luminosidad de astros y piras, vidrieras y lucernarios, pantallas de cine, televisión y ordenador. […]

En todos los casos la preocupación del pintor es la misma –llevar al cuadro una luz sutil que su mirada de impresionista disecciona y transmuta en colores sólidos– y que tanto da si aquella reverbera sobre un conjunto de objetos alineados, sobre las paredes de un angosto pasillo o sobre las fachadas y cubiertas de una urbe. En la serie sobre los tejados y azoteas de Madrid –vistos esta vez desde la ventana de su estudio en la calle Marcenado– que nos ocupa, esa estructura geométrica que da forma y sentido a la luz viene determinada por la propia arquitectura urbana o, más exactamente, por ciertos reflejos y sombras puntuales –un destello en una antena, un rayo de sol sobre una fachada, una ventana que se ilumina, una nube coloreada al atardecer, un recoveco oscuro– que captan la atención del artista y se constituyen en eje de la narración y fundamento de su poética: Antonio Gómez se sitúa, para pintar, entre el cielo y la tierra, se establece allí donde lo inmenso –esos famosos cielos de Madrid en los que las nubes recorren caminos paralelos– se hermana con lo pequeño y humilde; mora en los espacios ignorados y olvidados, halla la soledad en el corazón mismo de la urbe bulliciosa y habla con una luz que nunca es la misma. Cuando cada atardecer sube a su torre encantada, comparte su tristeza y su nostalgia con el cielo que se oscurece. […]

Javier Rubio Nomblot. Entre el cielo y la tierra. (Fragmento).

Fecha: 13 Feb - 03 Mar 2001

Obras