Galería de Arte Juan Manuel Lumbreras

Bonifacio

[…] No sé si Bonifacio recibió una caja de pintura o de chocolates cuando tenía veinte años y empezó a pintar. No creo siquiera que Matisse influyó en su arte. Pero sí ha seguido el ejemplo de Matisse como un modus vivendi y ha sido, en efecto, libre, solitario y quedo. Dice Paul Bowles que Malraux (mentirosos ambos) le dijo que no se dejara convertir en un monumento, porque la gente escupiría a su pedestal. «Mira a Picasso», dijo Malraux –y los dos se volvieron a mirar a Picasso pero no lo vieron.

Hay una foto de Bonifacio (bien pensado, bien afeitado) vestido con camisa de leñador canadiense, el sempiterno pitillo en la mano que se vuelve eterno porque no quemará más allá, al lado de una figura negra, una escultura probablemente de un Benín imaginario. En la foto se le ve más benigno que Bonifacio, con algo de un Humphrey Bogart pintor (como en Ambas Mrs Carroll, en que Bogart es un artista que mata siempre lo que más ama, sus esposas, para poder pintar su retrato como un post mortem para decir: mens insana, corpore pulcro) surgido de las sombras en Madrid. Pero Bonifacio más que mirar desafía a la cámara. No es un duro de película, es un duro de pelar. Esa foto, no es su monumento. Es el retrato del artista cuando mayor. Hay que hacer notar que Bonifacio, en la foto y en la vida, tiene una cara toda ojos, como las de otros artistas españoles. Picasso por ejemplo, Almodóvar probablemente. Son los ojos de la gorgona que devora todo lo visible. Pero Bonifacio no lo convierte en piedra sino en pintura.

Bonifacio, no un monumento sino una fortaleza al sur de Córcega, sirve de  comparación. Los nativos dicen que era el lar de los lestrigones que destruyeron las numerosas naves de Ulises menos una. «Había aquí gigantes en otro tiempo», dicen los vecinos de Bonifacio. Otros aseguran que los lestrigones enormes vivieron «por estos pagos», (Loco citato). Bonifacio dio su nombre al estrecho que queda entre Córcega y Cerdeña. ¿Qué hay en un nombre? Todo. Todos estos bonifacios son los antepasados de Bonifacio. Vivían en la macchia italiana, que los franceses, ahora intrusos en la isla, llamaron maquis, la guarida para unos de bandidos, para otros de patriotas. Nuestro Bonifacio siempre ha sido del maquis: de Cuenca, de Madrid.

No se dejen engañar por el nombre de Bonifacio, que quiere decir buena cara. Debajo de ese exterior duro se esconde un interior aún más duro, maduro. Bonifacio, hay que decirlo, no soporta a los idiotas ni a los intrusos ni a los críticos de arte de ninguna parte. De ahí viene su cara de pocos amigos a pesar de que tiene muchos más de lo que parece. Hay algo en Bonifacio que recuerda al arte flamenco –y no me refiero a Brueghel ni a Van Eyck. Me refiero al arte de los gitanos. Será porque la medianoche que lo conocí estaba rodeado de los cantaores más estetas del mundo jondo y era en extremo diferentes, deferentes. Bonifacio, como Picasso en las noches de las damiselas encantadoras de Aviñón, tenía entonces, para envidia de Andrés Eloy Blanco, de compañía a un ángel negro. Recuerden el verso Blanco hecho canción: «Pintor de santos de alcoba/píntame angelitos negros». Casi el poeta venezolano pensaba en Bonifacio: «Pintor nacido en mi tierra/con el pincel extranjero». Santos de alcoba, ángeles negros; hay ahí toda una imaginería que Bonifacio si no acoge por lo menos admite. Pienso en sus vitraux de la catedral de Cuenca, donde sus ventanas dominan toda la iglesia como un Dominus Illuminatio, Dios iluminado. Esos cristales de colores de sus ventanas son capaces de transmitir un sentimiento religioso a un autor ateo. Para quien ha visitado Chartres y Notre Dame y Burgos los vitrales de Bonifacio son una irrupción del barroco actual en un gótico que no es nuestro contemporáneo. […]

Fragmento del texto del catálogo: EL ARTE (EN PARTE) DE BONIFACIO. G. Cabrera Infante.