Joaquín Ureña
Acuarela
LA MAESTRÍA ACUARELÍSTICA DE JOAQUÍN UREÑA
El procedimiento de la acuarela pasa por ser el más difícil de cuantos tiene el pintor al alcance de su mano. La dificultad estriba en la complejidad en el dominio del agua, siempre caprichosa, así como en la imposibilidad de correcciones durante el proceso de ejecución de la obra. Esta afirmación mitificada de la gran dificultad de la acuarela, no sólo es errónea, sino que ha perjudicado seriamente a los artistas practicantes de este singular procedimiento, convirtiéndoles en especialistas –acuarelistas les llamamos– que en no pocas ocasiones se han visto obligados a discurrir por circuitos paralelos a los de los artistas que utilizan otros procedimientos. La técnica de la acuarela no es ni más ni menos difícil que otras, sino sencillamente diferente y como tal, tiene sus propias peculiaridades, como las tienen el óleo, el fresco, el pastel, el gouache o la témpera.
A pesar de ello, no es discutible que los grandes formatos resultan especialmente embarazosos para este procedimiento que tiene en la espontaneidad y frescura sus principales aliados. En esta disciplina de pintar grandes formatos con la técnica de la acuarela, brilla con luz propia el artista Joaquín Ureña, un prestigioso pintor que causa asombro por su maestría en el dominio de la pintura al agua.
No es rigurosamente cierto, como se ha afirmado, que Joaquín Ureña sea el único pintor que se ha atrevido a enfrentarse con estas gigantescas acuarelas. El genial artista londinense Malcolm Morley, los australianos John Cadwell y Graham Austin, los fineses Senja Vellonen y Petri Hytönen o el sudafricano Jancke Cambrinck son sólo algunos ejemplos de reconocidos artistas internacionales que han presentado en nuestro país grandes formatos acuarelísticos. También entre nosotros, somos varios los artistas que hemos trabajado la acuarela sobre papeles de enormes tamaños, «machines» en la terminología anglosajona, y no sólo con carácter experimental, sino con cierta asiduidad. Pero es justo reconocer que dentro y fuera de nuestras fronteras, nadie hoy por hoy ha podido llegar a alcanzar la pureza y perfección técnica de este consumado artista ilerdense, cuyos trabajos han sido calificados por el crítico José María Cadena como «ejercicios sin red, ejecutados en las alturas de esa carpa circense que es la vida del arte».
Contemplar a Joaquín Ureña ejecutando una de sus fantásticas obras de gran formato, por las que el artista siente especial devoción desde hace una década, constituye una experiencia fascinante. Incluso para quienes hemos trabajado largamente el procedimiento de la acuarela, resulta a primera vista insospechado que una obra de tanta perfección y realismo, se geste a través de una desenfadada batalla de grandes brochazos y generosas pinceladas, que exigen una maestría prodigiosa en el dominio del agua y el color, algo que sólo está al alcance de un superdotado de la talla de nuestro artista.
Joaquín Ureña monta sobre el caballete un papel de 200 × 200 cm fijado a un tablero, lo coloca en posición vertical y comienza a aplicar sobre el mismo pigmentos diluidos en grandes masas de agua que corren libremente por el soporte hasta gotear el suelo del estudio. A lo largo y ancho de un frenético proceso de idas y venidas de la paleta al papel y del papel al agua, se va conformando una obra en la que el dibujo previo de gran precisión y trazo seguro, respira a través de las limpias aguadas. El resultado de tan excitante proceso se concreta en una magnífica obra artística de increíble realismo, donde sobresalen la limpieza, frescura y transparencia que la técnica de la acuarela reclama como propias.
Joaquín Ureña es un realista convencido. En la época que comienza a pintar, está de moda en el mundo el realismo, manifestación extrema del pop-art que nació en la década anterior como reacción al informalismo y al expresionismo abstracto. Ureña abrazó de inmediato el movimiento realista que generacionalmente le correspondía y que encajaba de lleno en su particular forma de entender la pintura, favorecido además por esa irrefrenable atracción que sienten por la línea los pintores que, como nuestro artista, han cursado estudios de arquitectura. Sus trabajos actuales siguen marcados por ese mismo acento realista, con influencias del pop-art y resoluciones que nos recuerdan a los grandes ilustradores americanos que, como Norman Rockwell, utilizaron con frecuencia la técnica de la acuarela.
Acertadamente, Ximo Company, director del Museo de Bellas Artes de Valencia, en un artículo titulado El maestro Joaquín Ureña, nos describe que «la poética de Ureña es de marcada e inequívoca base figurativa, pero a su vez es capaz de operar con una polivalente, ambigua y personal gramática icónica, puesta de manifiesto, por ejemplo, en la doble y triple capacidad de representar, en sus irrepetibles vidrieras, lo exterior-urbano (su ciudad), lo interior-cotidiano (su casa, sus cosas, su propio espacio vital) y lo estrictamente anímico, espiritual y psicológico, traducido las más de las veces en la representación de su propia mirada (a menudo quimérica), o bien en la magistral sutileza con que resuelve sus toques lumínicos, chispeantes de intenso -o desvanecido- cromatismo, de emotiva y pulcra comunicabilidad visual».
El realismo de Joaquín Ureña está explicado, sin embargo, con un lenguaje de absoluta modernidad. Nada que ver con la imagen preciosista de las pequeñas acuarelas victorianas, ni con el costumbrismo impresionista de la acuarela del romanticismo español, ni del manido paisajismo de la primera mitad de nuestro siglo. Antes, al contrario, las obras de este consumado artista están planteadas dentro de una concepción modernista de la figuración a las que el crítico José Marín Medina califica de «clásicas», pero no en el sentido de «tradicional», sino en el de «exactitud» y «renovada perfección».
Pero si Joaquín Ureña ha cobrado justa fama por sus trabajos realistas intramuros, es preciso que descubramos al artista que trabaja al aire libre, sobre sus cuadernos de apuntes, que resulta más fascinante si cabe que el Ureña de los formatos gigantes. Constituye realmente un espectáculo, observar a nuestro artista mezclado entre la gente en la terraza de una cafetería, en la playa o en las aulas donde imparte clases de pintura, realizando bocetos de las personas que le rodean. Sin dibujo previo, su pincel se desliza agitadamente por el block y la caja de colores -sus compañeros inseparables- con la misma celeridad con que se le ve variar nerviosamente su mirada, desde el modelo real hasta la representación sobre el papel y viceversa. Todo un alarde técnico este frenético trabajo directo que alumbra obras de jugoso expresionismo y fuerte cromatismo, espontáneas, de una categoría artística incuestionable.
Lo mismo en sus acuarelas realistas de gran formato que en sus apuntes expresionistas de reducido tamaño, Joaquín Ureña se nos muestra como un superdotado para el dibujo y la pintura, pero no debemos olvidar que su maestría en la técnica de la acuarela es fruto de su entusiasmo por este procedimiento y de su envidiable capacidad de trabajo, que le han convertido, por derecho propio, en uno de los más sobresalientes artistas del mundo en la técnica de la pintura al agua. No es casual que sus exposiciones se cuenten por éxitos, ni que sus obras sean codiciadas por los más entendidos coleccionistas, como tampoco el hecho de que esté en posesión de todos los premios nacionales de la especialidad. Su arte reclama una mayor presencia en los mercados europeos y americanos, desde los que Ureña debe ser reconocido como el gran artista internacional que por derecho le corresponde.
Juan Manuel Lumbreras
Fecha: 25 Abr - 14 May 1996






