Galería de Arte Juan Manuel Lumbreras

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Fernando & Vicente Roscubas

Roscubas

Roscubas es una firma singular. No ya como todas y cada una –pues todas y cada una anhelan la afirmación de su singularidad–, no. Lo es porque, a veces, las menos, se desdobla en dos hemisferios que responden a sendos heterónimos: Fernando, con indumentaria de colores sobrios, expansivo, vitalista y hasta imprevisible, y Vicente, de atuendo colorista, contenido y metódico, al que se hace responsable de los impecables acabados. En otras ocasiones, las más, Roscubas aparece como un ente polimorfo en el que sus partes se hallan fusionadas indistintamente en una “compañía de arte y ensayo” –así se autodenominaba en cierta ocasión– o, a lo sumo, se atisba que dispone “de dos cerebros” –como en otro momento apuntó un crítico que lo vio de cerca– de este modo, atesora en sí una fértil complementariedad y una frescura capaz de situarle fuera de toda moda. Y que convierte el humor en uno de los principales rasgos de sus pinturas y esculturas, bien sea desde una raíz surreal, o desde los juegos de palabras, o desde el empleo de una provocadora ironía, o bien adentrándose en el absurdo y la corrosión. O, con mayor frecuencia, desde un empleo simultáneo de estos recursos. En todos los casos, manteniendo un combate contra la sedimentación del espíritu.

Para conocerle un poco más se puede añadir que es un ludita. O sea, un seguidor de aquella doctrina, el ludismo, que propugnaba concebir el trabajo como juego. Roscubas sería un hombre de bien en la Armonía ideada por Fourier, donde las tendencias naturales encontrarían una perfecta correspondencia con las necesidades de la comunidad mediante un híbrido entre trabajo y juego que resultase productivo para la sociedad y gratificador para el individuo.

Fue el historiador Johan Huizinga quien poco antes de la IIª Guerra Mundial aplicó la designación de homo ludens a la especie humana. Con anterioridad, a una primera denominación como homo sapiens había sucedido la de homo faber cuando tras el arrebatado optimismo de la ilustración dieciochesca se constataba la perennidad de algunas zonas oscuras. La del historiador holandés, y sin olvidar que también hay animales que juegan como también los hay merecedores del calificativo faber, encuentra su sentido no sólo por “el lugar que al juego corresponda entre las demás manifestaciones de la cultura, sino en qué grado la cultura misma ofrece un carácter de juego”. Pese a que este historiador entienda que la producción de las artes plásticas transcurre “fuera de la esfera del juego social organizado” y contemple las artes plásticas casi exclusivamente como “adorno”, la mayor parte de los rasgos por él señalados como definitorios del juego definen la actitud de Roscubas.

Si el juego se ve libre de la necesidad inmediata de la conservación y confiere sentido a la ocupación vital, para Roscubas el arte no es un medio de ganarse la vida “sino de vivir la vida” y que le lleve a aseverar “hacer lo que quieres compensa” (Fernando). Si todas las ocupaciones primordiales de la convivencia humana, el lenguaje por caso –tras cada expresión de algo abstracto, una metáfora–, se hallan impregnadas de juego, sólo tenemos que recordar las plurisemias de cada obra de Roscubas, multiplicadas aun por sus títulos (Café para todos, La dulce alianza,…). Si todo juego requiere de alguna dosis de misterio y sabemos que aumenta su encanto para los niños cuando hacen de él un secreto, Roscubas, tras un periodo de ocultación, reaparece en público con obras que atribuirá a uno o a otro de sus heterónimos, o con trabajos atribuidos a uno de ellos, pero rubricados por el otro. […]

José Ángel Artexte. Texto catálogo Galería Altxerri. (Fragmento).

Fecha: 29 Ene - 22 Feb 2003

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