Galería de Arte Juan Manuel Lumbreras

8694
Array
(
    [0] => 66
    [1] => 3
    [2] => 163
)

Eduardo Vega de Seoane

Señas de identidad

El objetivo de estas líneas no es describir lo que uno ve –o mejor, lo que uno puede ver– en los cuadros de Eduardo Vega de Seoane. Una obra de arte permite que el creador no sea sólo el artista, sino también el espectador que se implica en ella, y en consecuencia dos personas pueden perfectamente ver dos cosas enteramente distintas en un mismo cuadro.

Preferiría más bien tratar de referirme al aliento que late detrás de estos cuadros, al espíritu que los anima, a la fuerza que los ha creado. Y eso no es difícil porque estos cuadros están llenos de vida, están impregnados de la energía, el conflicto, la desintegración, el caos y la lógica de esta época en que le ha tocado vivir al artista.

Porque la pintura de Vega de Seoane es una pintura que tiene el valor de la verdad. Nada falso hay en ella. La plástica que ha venido desarrollando en estos años es el producto de un esfuerzo por ir cada día más allá de los límites de su lenguaje. No hay en él reiteraciones forzadas, ni caminos rutinarios, ni concesiones a los popes del gusto establecido. Hay en cambio un hálito de pensamiento, una profundización de la mirada y una depuración de sus instrumentos de pintor. Todo ello puesto al servicio de lo que nos quiere expresar, que es su mundo interior, que inevitablemente contiene también un discurso sobre el mundo exterior. El diálogo entre estos dos mundos constituye el núcleo de su pintura. Y es la honestidad y la exigencia con la que Vega de Seoane conduce ese diálogo lo que hace que su pintura esté cargada de verdad. Las grandes manchas azules o blancas, los gruesos brochazos de pintura negra, el amarillo o el rojo que levemente se asoman por el límite de la tela, las evocaciones figurativas o los trazos delgados y rebeldes que aparecen como un signo de interrogación sobre el sentido de toda la obra son el resultado de un proceso de búsqueda propia, de un esfuerzo por liberarse de las mentiras exteriores para encontrar la verdad interior.

Con los años, el lenguaje plástico de Vega de Seoane se ha refinado. Las manchas de color son más sutiles pero igual de rotundas, marcando el tono de la tela con sus grises, sus ocres, sus sienas, sus azules o sus blancos. El uso de pinturas más líquidas propicia veladuras y transparencias. En sabio contraste con ellas, gruesas pinceladas negras, afirmativas y serias, se revisten de sensualidad al curvarse y difuminarse en sus extremos. Aquí y allá, trazos más finos dan a la tela un aire inquietante, como de punto de interrogación o de aviso al espectador para que no se confíe, para que no crea que lo que a primera vista se ve es todo lo que hay. Otras veces los trazos se convierten en letras, como recordatorios irónicos de los infinitos niveles por los que puede discurrir el lenguaje, y de la unidad subyacente a todos ellos.

Hay una mayor integración del conjunto, que a veces queda envuelto por un color de fondo que da coherencia y unidad a sus episodios fragmentarios. El lenguaje se ha depurado, reduciendo la acumulación de elementos diversos y haciéndose más sobrio. Algunas manchas de color crean espacios vacíos, limpios, llenos de aire, en los que encajan especialmente bien los demás elementos de la composición.

Y sin embargo la búsqueda de Vega de Seoane no va a detenerse. Nunca ha aceptado las soluciones fáciles, no le interesan los caminos en los que parece vislumbrarse el final. Ni su tensión creativa ni los conflictos del mundo en el que vive van a desaparecer, y tampoco lo hará su esfuerzo por definir un lenguaje de colores y de formas que mantenga una comunicación entre ambos.

El espíritu de esta pintura es por eso profundamente humanista, clásico: responde a un acto de creación pura, que no descansa en falsas muletas ni en guiños interesados. Es el pintor ante la tela en blanco, el hombre en su poderosa desnudez ante el mundo que se presenta ante él, y que sabe que puede recrear. En el caso del pintor abstracto, que tiene que inventar su propio mundo de referencias, ese acto de creación es aún más radical. Suele hablarse habitualmente del artista y de su obra ya terminada, pero es menos frecuente que se hable del pintor ante el lienzo todavía sin empezar, o del escritor ante la página en blanco, o del músico ante la partitura intacta. Y sin embargo ese es el momento supremo de libertad del artista, el que le diferencia del impostor, del imitador o del servil. Los cuadros de Eduardo Vega de Seoane reflejan sin duda su obra de pintor, pero retienen un eco de la grandeza de ese momento de creación, de la honestidad absoluta y la tensión estética con las que el pintor se enfrentó al acto de dar la primera pincelada de su cuadro.

Si el espíritu de su pintura es clásico, su plasmación final tiene algo de barroco. En los cuadros de Vega de Seoane, las manchas y los trazos se retuercen y a veces se enfrentan unos a otros, en una tensión compositiva que parece que en el cualquier momento podría romperse, como sucede con los personajes que adornan las fuentes esculpidas por Bernini, o en las fachadas de las iglesias de Borromini. En ese diálogo entre su mundo interior y el mundo exterior, éste se encuentra en un momento de cambios acelerados y desequilibrios, de discontinuidades e incertidumbres no demasiado diferentes de las que existieron en los años en los que surgió la estética barroca. Las contradicciones no resueltas, la tensión y la energía cada vez más desbordante que definen la realidad en la que vive, no pueden dejar de introducirse en su pintura. La fragmentación de sus cuadros es la del mundo que nos rodea, sus manchas de color evocan las diversas maneras en las que en él se expresa la vida.

Rafael Dezcallar. “Tensión creativa”. Texto del catálogo de la exposición.

Fecha: 13 Dic - 07 Ene 2006

Información sobre Eduardo Vega de Seoane

Obras