Galería de Arte Juan Manuel Lumbreras

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Antonio Rojas

Horizonte y memoria

[…] La pintura de Antonio Rojas tiene una magnitud temporal, o sea, que el tiempo cuenta en ella un algo, y esto sólo se puede ir acusando con un poco de comercio prolongado con ella. No, no es que en esta pintura hasta lo que se dice un desarrollo, o un progreso, o que su evolución pueda ser narrada como una peripecia, sino, en realidad, todo lo contrario. El propio pintor alguna vez me ha dicho de la poca importancia que concede al futuro, o a eso que los artistas llaman “ir hacia delante”. Quienes lo conocemos, sabemos que Antonio Rojas va permanentemente hacia atrás, o hacia adentro; que vuelve permanentemente a un lugar. Ese lugar quizá no lo sea (salvo en la propia pintura), porque no parece tener así como así asiento real, aunque todos diríamos que fuera Tarifa, o sea, su infancia. Pero tampoco parece que provenga del recuerdo de un tiempo concreto, porque ese tiempo –como ese lugar– aparece de continuo mentido y desmentido, como insinuado y vuelto a escamotear, o como si ni él mismo supiera la parte que en todo esto se llevan la verdad y la mentira que cada uno nos hacemos a nosotros mismos con lo que creemos que son nuestros recuerdos.

De ahí que el tiempo que importa, en la pintura de Antonio Rojas, es más bien el que podríamos llamar tiempo creador, es decir, no la representación del tiempo, sino el modo en que el tiempo actúa sustancialmente en la propia manera que tiene el pintor de contar con él para pintar todos los días. Ese tiempo es el de la insistencia infinita, la inconclusión permanente, la imposibilidad, en fin, de dar con una imagen definitiva y acabada de lo que se nos presenta sólo como un vislumbre. No hay, de todos modos, ninguna imagen así, como no hay rescate de ningún pasado ni regreso a ningún lugar: eso es lo que creo que piensa A.R. y, sin embargo… Lo que cuenta es este sin embargo.

Antonio Rojas, al ponerse a pintar, tienen un sueño, o un deseo, ya vamos viendo que imposible. La imposible que es viene de lo inservibles que resultan las imágenes –todas las imágenes– para cazar la realidad de ese sueño, que tiene la misma naturaleza de un recuerdo o un tiempo perdido. A pesar de esto –ese es el misterio–, el pintor insiste.

Eso le lleva a hacer lo que han hecho muchos pintores modernos: asediar un mismo motivo incesantemente, dándole todas las vueltas posibles, volviéndolo del revés, descubriendo a cada paso sus argucias y ardides, sus encantos, desde luego que fascinadores, pero también engañadores, como lo son en los laberintos y los artificios postizos de los parques de atracciones, en los falsos muros y en las ficciones de las arquitecturas efímeras.

Antonio Rojas vuelve, pues, a lo mismo, saca a la luz otra vez –pero de maneras siempre cambiantes y distintas– las graderías, los hangares, las dársenas recortadas y vacías del puerto suyo, el horizonte que fulgura, el agua negra con reverberos de fuego o de luz, el oleaje inacabable…

Y él mismo se sabe a sí mismo preso en la especie de monotonía que resulta de insistir, acosar, repetir la novedad incesante de lo mismo. Pero es una insistencia fatal, sobre la que él no tiene poder alguno; o sea, que es como un afecto, una pasión del alma, un sentimiento, este volver y no poder dejar de volver a sabiendas de lo imposible de la vuelta.

Por lo demás, la pintura de Antonio Rojas no tiene ninguna complicación especial, para darse cuenta de eso, hace falta mucho uso y hábito con ella. Ninguna especial salvo que uno añada maraña de su cosecha, como creo que ha sido mi caso al hablar de esta puntura otras veces. Habrá, en lo escrito hasta ahora, alguna cosa observada que quizá siga valiendo, no muchas; pero es ahora, después de la ya larga frecuentación cuando creo que todo es, en realidad, más sencillo, cuando creo que podemos acompañar con más ley a esta pintura, sin taparla o entenebrecerla demasiado con las propias palabras. […]

Enrique Andrés Ruiz. «Las dos memorias de Antonio Rojas.» 

Fecha: 30 Nov - 30 Dic 2004

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